jueves, 29 de mayo de 2014

Detrás de cada Te Quiero. Segunda parte

Pero bastante largo se va haciendo ya este tema, que más que un diario a retrospectiva se va convirtiendo en una catarsis de emociones actuales, lo dije al inicio de todo, es un diario a retrospectiva escrito muchos años más tarde de cuando ocurrieron los encuentros aquí narrados, pero también e inevitablemente es una maraña de confusiones atemporales, sentimientos ambivalentes y escenas de un mundo pasado-presente.

Con Víctor recibí el último golpe al corazón por un buen par de años, coincidiendo con mi entrada a la educación secundaria en un estricto sistema de normas conductuales y morales, así como mi…cómo llamarlo, mi desprendimiento del hombre que por cuatro años me enseñó lo que es el “amor”; dejé de lado el gusto por los hombres y me concentré en estudiar, ser una buena hija, cumplir con los parámetros establecidos para ser mujer y de vez en cuando inundaba mis cuadernos con letras doloridas y desgarradores deseos de muerte.

Sin embargo conocí a Daniel. Ingresó a mi grupo en segundo grado, con él llegaron Ch. y J., al igual que Juana y la Coneja. Desde el principio hicimos click, él era bastante peculiar, tenía una cicatriz enorme en el brazo izquierdo, decía que se había quebrado todo el brazo y la cicatriz era el recuerdo de la cirugía. Fue el primer chico con el cual pude hablar durante horas y horas, mucho más de lo que usualmente charlaba con mis amigas y además opinaba acerca de todos los temas. Su novia era mayor, estudiaba el bachillerato y frecuentemente me contaba sus aventuras sexuales, además de pedirme consejos.

Él era originario de Celaya, aunque sutiles había diferencias en costumbres y lenguaje. Su madre trabajaba bastante todo el tiempo, así que Daniel gozaba de suficiente tiempo libre, la única vez que fue a visitarme a la casa de mis padres por la tarde me negaron la salida. A mi padre no le hacía mucha gracia eso de ver a los amigos en horas extraescolares y mucho menos que acudieran a la casa. Pero yo visité lo que era su hogar una vez, no pude entrar, el edificio era enorme tipo condominio y Daniel estaba ocupado dentro.

Tenía la costumbre de agasajarse a algunas de las compañeras del grupo, y extrañamente todas se dejaban con él. Varias ocasiones los llevaron a la oficina de la Madre Superiora, a mí me daba la impresión de que eso los alentaba mucho más. Recuerdo un episodio de sus aventuras sexuales con su novia de entonces, ambos fueron a un evento festivo en un pueblo cercano a la ciudad, en ese entonces casi era un pueblo fantasma, ahora es pueblo mágico; dentro de las festividades las personas podían quedarse la noche allá, acampaban en las ruinas y los más osados en las minas abandonadas. Daniel se quedó esa noche con ella al aire libre, recuerdo bien como iba poco a poco detallándome que la había besado primero suavemente en los labios, para luego pasar a besos más profundos donde la lengua jugaba un buen papel, misma que más lento pero igual de certera recorría del cuello a la altura del inicio de los pechos. Imaginaba a ambos sobre un ruín muro de adobe, sosteniéndose ella como pudo de una roca, emitiendo leves quejidos con cada roce de su lengua sobre el cuello y deseando más. Daniel explorando con su lengua y sus manos el cuerpo de su novia, desabrochando un botón aquí, bajando un cierre allá; sintiendo las mejillas calientes, la boca seca y el sexo húmedo…
-¿Por qué no hacerlo todo? Pregunté –Por qué así es mejor, poco a poco, quedarse tantito con las ganas, saber que más adelante podrás tocar y sentir más, además es menos riesgo, me vengo en mi ropa interior con ayuda de sus manos y jamás habrá peligro de embarazo.

Jamás me rozó siquiera el cabello, jamás coqueteo conmigo; coleccionamos montañas de papeles, cuando todavía se usaban como medio de comunicación en el aula, compilamos segundo tras segundo de charlas amenas. Por primera vez en la vida me sentí comprendida y aceptada tal cual, sin tapujos, sin exigencias de perfección, con la verdad de frente, sino toda al menos lo esencial. Aprendí de sexo como nunca en los cuatro años anteriores de mi vida, siendo que a pesar de haber perdido la virginidad desde temprana edad no sabía absolutamente nada de lo que era tener una vida sexual activa y sino plena, cuando menos satisfactoria y placentera. Daniel representa a mi primer amigo hombre y muchos años más tarde, él único que a la distancia pudo salvarme de un abismo profundo en el cual caí. “Construye un refugio” –dijo.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Detrás de cada Te Quiero. Continuación

El sexo es sexo a final de cuentas. Llega un momento en que todos somos sólo animales, un momento en que sólo nos importan las sensaciones placenteras que nuestro cuerpo está a punto de experimentar, a veces hay que malear los medios, otras, simplemente podemos pedirlo y allí está. En la palma de la mano, la única palabra que todo el mundo entiende claramente: Sexo. Excepto yo. El sexo tiene innumerables significados desde mi guarida; lo mismo que un beso en la mejilla no es igual a un beso en los labios, el sexo para mí no es lo mismo por las noches, las mañanas, las tardes o las madrugadas; tampoco es igual cuando es en sábado, lunes o martes. Probablemente parezcan absurdas mis comparaciones, mis diferenciaciones pero son ciertas. Ante la plática a una amiga de mi último encuentro sexual, al final sólo pregunto: ¡Y luego! ¿Qué se hace después? Te levantas y te vas, pensé, pero sólo suspiré.

¿Qué se hace después? Todo depende de qué se hizo antes. Casi a los doce años de edad, llevaba ya casi cuatro años de relación incestuosa con ese tío, mi corazón ya se había roto un par de veces: primero cuando supe que tenía novia, después cuando esa novia tuvo una hija, antes cuando me indujo un aborto y no lo comprendí hasta varios años más tarde. Esas verdades fueron cambiando mi concepto del amor y la pareja. El golpe fatal vino un par de meses más tarde, cuando todo en casa salió a la luz y para muchos, por no decir que todos, yo fui la mala del cuento. Lo tuve frente a frente, esperando escuchar un te quiero, un no te preocupes yo lo resolveré o cualquier frase que demostrara el supuesto amor que me había sexuado desde hace cuatro años atrás. Eso no ocurrió, frente a mí estaba un rostro que no se atrevía si quiera a mirarme, un rostro frío que miraba indiferente hacia un lado, y la única frase que de su boca salió fue: ¿y ella? La grandiosa respuesta ante la ira de mi padre y el deseo de que se largara de la casa, ¿y ella?

¿Y yo? Una pregunta que llevaba implícito la solicitud de un castigo por igual, que en el trasfondo preguntaba ¿Por qué he de ser yo quien se marche? ¿Por qué no ella? ¿Por qué no apedrear a la prostituta? Todo el amor que creía cierto, toda la confianza plena depositada en él, todas las certezas se esfumaron bajo mis pies quedando al descubierto una inmensa confusión, ¿Qué estaba ocurriendo allí? ¿Por qué todos estaban tan molestos? ¿Por qué no podíamos querernos? Pero sobre todo, comprendí que él no me amaba, que lo que hubo entre los dos estaba sólo en mí y que como ganancia él había tenido mucho sexo durante cuatro años. ¿Qué se hace después? Agarras lo que te quede de dignidad e intentas reconstruir los pilares básicos de la vida.

Algo similar pasó con Víctor, ambos teníamos la misma edad, casi doce años, todo esto ocurrió paralelamente casi. Debido a mi cada vez más fuerte rebeldía en la escuela, a varias escapadas con el novio, y a que ese novio me doblaba la edad; mis padres se vieron orillados a enviarme una escuela decente. Allí conocí a Víctor, un chico alegre, guapo, de un tono moreno encantador, con ese brillo en la piel y en la mirada que gritan “tócame” y yo no pude resistirme a su llamado. Casi de inmediato comenzamos a ser novios, era un novio de verdad, platicábamos, en el receso estábamos juntos y de vez en cuando nos escapábamos entre clases a los sanitarios.

Fue el primer pene que por mi propia cuenta coloqué en mi boca. Fue la primera boca que con mi permiso lamio mis pezones. Con Víctor conocí el jugueteo de fingir que nada se sabe acerca del sexo, el fingir ser virgen, el placer de pervertir a otro y el encanto de ser seducida una y otra vez por una sonrisa y unos labios que saben cómo y dónde besar. Luego, resulto que mis muestras “sexuales” de afecto no fueron suficientes, o tal vez mal entendidas. Yo le daba cariño y él pensó que yo era una fácil, honestamente sigo sin comprender la diferencia, pero como les decía, yo no entiendo mucho del idioma de las personas.

Para mí, al menos entonces, permitir que tocara mi seno y luego lo succionara lentamente con sus labios quería decir que estaba profundamente enamorada de él, cada vez que lo abrazaba le decía te quiero en esa entrega, y si aceptaba chuparle el pene era porque pensaba que así le demostraba lo importante que era para mí. Era lógico, eso había aprendido a lo largo de cuatro años de relación con mi tío. Luego me di cuenta que no era ese el lenguaje que utilizaban a mi alrededor. Para todos los demás eso era ser una fácil o una puta, que para el caso es lo mismo. Víctor terminó yéndose con la chica más lista del otro grupo, no porque yo no lo fuera también, pues era la primera de mi grupo, sino porque ella no le dejaba hacer nada más allá que tomarla de la mano y de vez en cuando darle un abrazo… ¿Qué se hace después? Aprendes y te sigues tropezando.

Detrás de cada Te Quiero. Primera parte

¿Qué hay detrás de cada te quiero? ¿Qué hay debajo del calor de un abrazo? ¿Qué significado esconden las frases: “quédate” “no te vayas” “duerme conmigo”? La primera vez que me hice éstas preguntas, lo había encontrado saliendo de su cuarto alrededor de las 11 de la noche, bañado y perfumado. Salió silbando y sonriente, al encontrarnos le pregunté a dónde iba y sólo dijo que saldría un rato. Yo sospechaba desde hacía un par de semanas que tenía una mujer fuera de los cuartos de esa casucha vieja, pero jamás me había atrevido a preguntar, ¿sería eso normal, tendría yo el derecho? Él decía que me quería y yo le creía, me pedía que fuera cada noche a su cuarto y yo iba, me pedía que le escribiera cartas, que lo abrazara, que me quedara y le dijera te quiero; y yo, yo lo hacía y en este punto de la historia sé que lo sentía, lo amaba de una forma que no conocía antes, quizá por eso de pronto el saber que “salía” por las noches antes de verme me dejaba como un piquete en el corazón.

Esa noche llegó más de madrugada que de costumbre y entonces le pregunté: ¿tienes novia? Confieso que no recuerdo su respuesta, no recuerdo nada más. Me quedó sólo la certeza de no saber el significado de nada, de que quizá el amor no era nada de lo que yo sentía ni pensaba, de que a partir de ese momento no volvería a entender jamás el significado de un abrazo, de un te quiero, de un quédate…
Todavía me pasa. Es quizá que no entiendo aún el significado que todos le dan a las letras, a los mensajes faciales, corporales o verbales; quizá no entiendo incluso el significado del sexo. Tal vez todo para mí tiene matices distintos, de mil colores, de mil formas…

Después de esa noche decidí que yo también podía tener novio o novios, así me fui a la escuela al día siguiente pensando en decir sí al primer chico que esa tarde me lo pidiera, después de todo a diario me lo pedía más de alguno. Me había quedado claro que la fidelidad no entraba dentro del sistema de amor que yo estaba viviendo. Aun no entiendo por qué, pues para mis ojos no existía otro hombre con el que yo quisiera estar, a pesar de no sentir básicamente nada con eso que llamaban “hacer el amor” y finalmente, ¿qué significaba eso? Si el amor, me parece, no se hace juntando los sexos y pidiendo que el otro se quede a dormir, pero claro eso lo pienso ahora.

El afortunado se llamaba Jesús, un chico de sexto grado, un par de años mayor a la edad correspondiente a esa grado; moreno, chaparro, gordo y feo, sus mejores cualidades: saber hacerla de perro guardián. Recuerdo que le dije sí sin chistar, pero luego me dio un tremendo asco cuando quiso besarme, así que le dije que seríamos novios pero sólo podríamos tomarnos de la mano, no besos, no abrazos. Me miraba con ojos de borrego a medio morir y aceptó mis condiciones, durante varias tardes babeaba cada vez que me encontraba en el receso y a todos sus amigos les dijo que yo era su novia, lo cual me molestó demasiado, me avergonzaba de él, en mi fantasía había pensado tener novio sólo para contárselo a mi tío pero ahora toda la escuela lo sabía. Tomé cartas en el asunto, comencé a coquetear con un chico de sexto del otro grupo y bueno…la historia ya la conocen, su novia terminó diciéndome que me lo regalaba y que me lo metiera por donde más quisiera y Jesús, simplemente comenzó a bajar la cabeza cada vez que me encontraba en el receso.


Lo sé, quizá merezca lo que ha pasado después con cada uno de los hombres de mi historia. Fui intencionalmente mucho más cruel durante muchos años después, con cada uno, con cada chico que de verdad me mostraba afecto y respeto. Ahora lo pago con creces, y cuando digo “quédate” es en verdad quédate, en mí, conmigo y para mí. No esta noche, no una hora, no lo que dura una verga dura o en lo que calmo mi ansiedad. Lo cierto es que no lo digo a menudo, y podría resumir a tres la cantidad de personas que me lo han escuchado decir, y una más a la que sólo se lo dije en mi mente, pues de antemano sabía que se marcharía.


lunes, 13 de enero de 2014

Trueque

A las 12:00 am mi padre apagaba su lámpara de noche, no pasaba mucho tiempo y se empezaban a escuchar sus ronquidos, él era siempre el último en dormir. Para entonces yo tenía los ojos bien abiertos para que se acostumbraran a la oscuridad. Aprendí algunos trucos para caminar sin ver y no tropezar ni hacer un solo ruido, incluso llevando zapatos; enseñé a mi corazón a bajar su ritmo cardíaco para controlar el ruido de las respiraciones; me las ingenié para que las gordas llaves de mi padre no hicieran ruido al girar la perilla de la puerta pero sobre todo, para que él no despertara cuando yo me acercara sigilosamente a tomarlas del buró de su cama.

Mi oído se agudizó, aprendí a escuchar el sonido del silencio y a diferenciar un silencio de otro, el aviso del peligro, el momento justo de regresar sobre mis pasos, de pararme en seco o de avanzar más de prisa; mis dientes y músculos se adaptaron a sentir el helado frío de las madrugadas sin temblar o castañear. Cada noche, durante cuatro años salí de madrugada de ese cuarto, con el tiempo me volví más intrépida y no regresaba hasta que amanecía, segundos antes de que todos despertaran. Cuando abrían los ojos yo tenía mi uniforme escolar puesto, jamás imaginaron que debajo de la blusa y debajo de la falda, no llevaba ropa interior alguna.

Pero me adelanto en la historia. Como decía minutos después de media noche mi padre era una tumba, yo esperaba aproximadamente media hora para estar segura de que no despertara con algún pequeño ruido. Alrededor de la una de la madrugada llegaba a mi destino después de pasar por un largo pasillo completamente oscuro y frío, temiendo siempre encontrar algún gato, insecto o rumiante que pasara entre mis pies o me cayera del techo. Ese trayecto era el más riesgoso. La casa era vieja, adornada con increíbles historias de fantasmas y gente que decidió morir allí y eso…asusta cuando lo que haces es tan secreto que ni los fantasmas deben enterarse; por ello ocupaba unos 20 minutos en llegar hasta el cuarto de él.

A veces, ya en el cuarto tenía que esperar unos segundos pegada a la puerta para que mis ojos se acostumbraran de nuevo al cambio de luz, aunque el ventanal filtraba un poco de luz de luna la parte de la cama siempre era sumamente oscura, por lo que no podía saber de forma inmediata si había alguien dentro o no.

Esa noche llegué al cuarto después de llevarme un tremendo susto. Cuando llegué a mitad del camino escuché pasos en la escalera que subía al cuarto de una tía, las escaleras estaban justo enfrente del cuarto de mi tío y por un instante no supe si regresar, avanzar de prisa o esperar justo donde me encontraba parada. Afortunadamente mi cuerpo reaccionó por sí solo y me refugió detrás de la barda de la cocina. Mis oídos escucharon con atención, la persona bajó encendió la luz del patio principal, entró al baño, tardó varios minutos y regreso a su cuarto. Luego se escucharon más pasos, pero ahora venían del exterior, abrieron y cerraron la puerta de la entrada a la casona, avanzaron suavemente y entraron al cuarto de mi tío. Entonces pensé en regresar por donde había llegado, pero supuse que tendría que ser él pues normalmente era su hora de llegada después de salir por la noche.

Así, una vez repuesta mi cordura, volví a escuchar pasos, alguien volvía a salir del cuarto y entraba al baño luego regresaba y todo volvía a ser silencio y oscuridad. En ese momento avance despacio y entré sigilosa a su cuarto justo cuando él emparejaba la puerta, ahora fue él quien se asustó, luego de besarme profundamente los labios preguntó:

-¿Nadie te vio?

-No. Nadie.

Siguió entonces besándome, luego se dio cuenta de que había seguido sus instrucciones, llevaba mi blusón rojo y nada debajo…mi piel estaba fría a lo largo de mis piernas y mis nalgas comenzaron a enchinarse ante la sensación del calor de sus manos.

Recuerdo bien cada sensación, el calor inundando cada poro de mi piel, el inevitable dolor en el pecho, una punzada en el estómago y un cosquilleo más abajo. Jamás lo disfruté. Pero ya no me molestaba, para mí era un trueque, un poco de sexo por amor, si a eso se le puede llamar amor. Un poco se sexo por compañía, por sentirme parte de algo o de alguien.

La primera vez que lo vi desnudo, pensé: “qué feo es sin ropa”. Sin pantalones se le iba también parte de su gracia, lo seductor de su mirada se perdía entre sus escuálidas piernas flacas; la coquetería de su caminar era risible al descubrir unas nalgas más bien planas y todo el dominio que imponían sus palabras moría en un miembro pequeño incapaz de mantener una erección por más de 15 minutos. Sin embargo yo sólo tenía 10 años…

Esa noche por primera ocasión no me pidió de inmediato que mi boca hiciera su trabajo jugueteando con su pene. Me recostó en la cama sin quitarme el blusón, yo simplemente hacía todo lo que me indicaba. Subió un poco mi blusón para lamer mis pezones; siempre el derecho mientras que con la mano acariciaba el izquierdo y hundía su dedo medio en mi pezón hasta sumirlo entre mi seno. Nunca supe por qué disfrutaba hacer eso. Luego pidió que abriera mis piernas. Yo suspiré profundo al suponer que vendría lo de siempre, su miembro desgarrando mi vagina, ese ardor quemante de su pene entrando y saliendo de entre mis piernas; pero no pasó, esta vez agachó la cabeza y se puso a lamer durante unos minutos.

La sensación de su lengua en mi vulva era extraña y tan suave, luego, mordisqueo algo y un estremecimiento me recorrió las piernas hasta la cadera, allí se detuvo, me volteo boca abajo cerrándome las piernas y de pronto sentí el comienzo de un dolor intenso. Le pedí que no lo hiciera mientras me movía inquieta para intentar ver qué hacía conmigo, ¿Duele? ¡Sí, mucho! Tranquila, sólo quería probar, pero si te duele tanto no lo haré. Duele mucho. Está bien, ven…


Se recostó en la cama y me pidió el acostumbrado sexo oral…las mismas palabras, la misma duración…luego me pidió sentarme encima de su miembro, lo hice y me quedé así quieta, muévete pedía y mi respuesta sólo fue, no sé cómo; está bien, sólo recuéstate un poco sobre mí y yo me encargo. Así de nuevo él se movía entrando y saliendo de mi estrecha vagina, aunque seguía doliendo, esta vez no había sensación de ardor, mi vagina había lubricado un poco al contacto suave de su lengua y su pubis me provocaba una sensación curiosa al roce. Terminó a los 5 minutos, como casi siempre, con la frase acostumbrada “te sientes tan rica que no puedo aguantar más”.


martes, 10 de diciembre de 2013

Las cosas cambian



Una nube de arena borró mis recuerdos desde ese evento hasta los 10 años de edad. Un poco más de un año de mi vida borrado de mi memoria. Desde ese evento los recuerdos son marañas de emociones, confusiones, sensaciones y dolores sin tiempo, sin espacio, sin forma y por lo tanto me es imposible plasmar, he tardado tanto tiempo en intentarlo que ahora que lo hago quedo agobiada y extremadamente cansada al no lograrlo.

Pero en cada esfuerzo aparece algo. Una invasión de tristeza en todo mi cuerpo. Se me nublan los ojos, me quedo ausente y una parte de mi vuelve a tener 9 años.

No se sorprendan entonces si a partir de aquí la historia da un vuelco de 360°. A los 10 años y medio he pasado de ser la niña tímida, triste todo el tiempo, callada, que se aterraba en cuanto se acercaba un hombre no importa que fuera mi propio padre, la que lloraba todas las noches teniendo pesadillas, la que comenzó a odiarse y sentir que no valía nada…a ser una adolescente completamente rebelde, coqueta en extremo, seductora, noviera y extremadamente agresiva y con un vocabulario bastante florido.

Cuarto grado de primaria fue el mejor de la educación primaria, me hice mi fama en la escuela: “roba novios” así me decían, la verdad no se acercaba ni tantito a ese título, pero ya saben “crea fama y échate a dormir” y yo dormía plácidamente. Mis problemas se terminaron cuando inventé ser parte de una banda, en la escuela dejaron de molestarme, sin embargo mi fama de roba novios me cobraba algunos centavos extra. Había un chico en sexto, muy guapo (al menos así lo recuerdo), alto, delgado, moreno, coqueto y tenía novia, una de las gemelas de la escuela, eran las únicas gemelas así que toda la escuela las conocía.

Él se apellidaba Caballero y hacía honor al mismo, siempre fue un caballero conmigo y con todas las que le rodeaban. A mí me gustaba eso era verdad, pero mis amigas se encargaron de repartir rumores en los grupos de que él quería conmigo y yo con él. Las reacciones no se hicieron esperar, cuando nos encontrábamos en el receso él me sonreía, una vez se acercó a preguntarme si yo era…C. por supuesto eran mis momentos para coquetear con él, pero él sabía ser fiel a su novia. Así que un día se me ocurrió usar a mis amigas y su curiosidad para romper esa relación. Escribí dos cartas, cada una con una letra diferente. El plan era entregar las cartas al mismo tiempo cuando ambos estuvieran separados, durante el receso. Una carta iba dirigida a Caballero y otra a la novia. Cada carta decía básicamente lo mismo con palabras distintas, mi imaginación y la facilidad para escribir me ayudó bastante. Caballero terminaba a su novia en la carta y su novia terminaba a Caballero en la carta que él recibía. Mi plan era perfecto. Lamentablemente todo salió mal, una de mis amigas cometió el error de entregar más tarde la carta a Caballero, por lo que la novia tuvo oportunidad de hablar con él y reclamarle el que la terminara, obviamente él le dijo que no sabía de qué hablaba, así que la novia fue muy molesta hasta mi salón preguntó a todos por mi nombre, todos me señalaron: ella es C.

Ahora que lo recuerdo fue bastante divertido. No puedo evocar su nombre, sólo su imagen, mujer de pequeña estatura, ni delgada ni gorda, morena con manchas rojizas sobre las mejillas y unos cuantos granitos que le hacían ver el rostro bastante llamativo, pelo corto, negro y ensortijado. Me preguntó a gritos si yo había escrito esa carta, le dije no saber de qué carajos hablaba, ella estaba divertidamente molesta, quería golpearme pero yo me mostraba completamente serena e indiferente a sus ataques, lo que la hacía berrear mucho más. Terminó rompiéndome la carta en la cara, gritándome que me lo regalaba, que si tanto quería quedarme con su novio podía metérmelo y sacármelo por donde más se me antojara. ¡Qué bello recuerdo!

Al salir de la escuela ya me esperaban unas chicas banda en la entrada. Eran nada más y nada menos que las hermanas de Caballero, iban a ver quién era esa que se decía pertenecía a la banda de La Metallicas y por su puesto echarme bronca, pues yo no era suficientemente mujer para su hermanito. Dos tipas bastante rudas, pero a mí ya pocas cosas me daban miedo. Las dos hermanas sacaron sus “navajas”, un par de exactos de lámina delgada que se romperían al mínimo intento de usarlas como armas. Detrás de mí estaba Verónica, perrucha con todo y su carita de mosca muerta, su hermana que también era entrona y yo al frente riendo irónicamente de las tipejas que tenía enfrente. –Cuando quieran- les dije –Te buscaremos, así que avisa a tus amiguitas metallicas. –Yo sola puedo con ambas.

Sólo fue un encuentro para medir fuerzas, cuando vieron que no me asustaba se largaron por donde llegaron. Un par de días anduvieron detrás, incluso se presentaron en mi casa, pero nada paso.

Llegué a casa bastante agitada ese día. Mi papá estaba trabajando, había varios clientes en el negocio, así que sólo le dije que ya había llegado desde la puerta y seguí mi camino hacia los cuartos. Una sensación conocida me detuvo al final del pasillo de la entrada, traté de respirar con calma para controlar los acelerados latidos de mi corazón. Toda la casa estaba en calma, mi abuela ya se había encerrado en su cuarto y el resto de la casa estaba a oscuras, me armé de valor para seguir caminando, como siempre mi tío me esperaba escondido en su cuarto, al pasar frente a su puerta salió y me siguió hasta la altura de su taller, allí me llevo dentro, nos besamos apasionadamente.

Su perfume era peculiar, no sé describirlo pero todavía podría reconocerlo, mi memoria tiene el registro de la mezcla de ese perfume con el olor de su pene y sus secreciones. Jamás lo olvidaré. Bien dicen, el cuerpo tiene memoria y ese olor aún me pone la piel como erizo.

-No te vayas. ¿por qué no te puedes quedar? –Tengo que irme, más noche regreso. ¿Te espero en mi cuarto? Lleva tu blusa roja, la que usas para dormir, sólo la blusa, sin nada abajo ok. –Sí, está bien, ¿a qué hora? –Cuando ya todos duerman. –Te quiero. –Yo también te quiero. Un beso largo era nuestro compás de espera hasta que llegaba la madrugada.

Tercer encuentro



En una ocasión antes de ir a la escuela me encontró en la cocina terminando de comer. Cuando había alguien presente le gustaba recargarse en la pared y abrazarme por la espalda, de esta manera yo podía tener los brazos detrás de la espalda acariciando suavemente su pene sin que se dieran cuenta del todo. Esa tarde había alguien más presente y yo acariciaba su pene mientras simulábamos sólo estar recargados uno sobre el otro, pero luego sentí como un calambre, así pensé en ese momento, un calorcito que recorría mi pubis hacia abajo y sin pensarlo tomé sus manos dirigiéndolas hacia mi vientre y hacia abajo. De inmediato las retiro y me dijo en el oído: “No”. Yo me asusté y me retiré. La otra persona ni siquiera se dio cuenta.

Ya en la escuela estaba de moda el chismógrafo. Un cuaderno que alguno de los del grupo elaboraba con una pregunta por hoja y la iba pasando a cada compañero para que respondiera las preguntas, escribir el propio nombre era opcional y sólo los más atrevidos lo hacían. Llevaba ya varios días circulando entre los del grupo, como yo pertenecía al grupito de amigas que había escrito el chismógrafo no me tocaría responder hasta casi el final, así nosotras podíamos enterarnos de lo que todos respondían y ellos no leerían nuestras respuestas. Recuerdo que en sí sólo queríamos espiar a los demás.

Muchas preguntas fueron idea mía, otras más fueron de Verónica, una chica muy guapa, la mayor del grupo, yo tenía alrededor de 9 años y ella tenía 12 años. Era hermana de una chica llamada Ana, casi no se parecían, Verónica era atractiva, de piel blanca, cuerpo de mujer muy bien marcadas sus curvas y delgada, además de alta; la hermana en cambio no era tan agraciada, incluso sus modos eran más rudos y un tanto corriente. Verónica sabía darse su lugar. Ella siempre estaba fascinada con mi cuerpo, mi cintura y mis pechos eran su adoración y a mí me provocaba esa misma fascinación la manera en que podía hacer desaparecer cualquier mínimo rastro de existencia de pechos en ella.

El chismógrafo fue iniciado por ella y terminado por mí. Así que las primeras preguntas eran simples, nombre, edad, si se tenía novio o novia, desde que edad, que era lo más atrevido que habían hecho hasta ahora, si habían fajado…luego venían las mías, preguntaba que partes del cuerpo del otro habían explorado, cómo eran sus besos, si habían hecho el amor (aunque no supiera bien que era eso de hacer el amor), entre otras que no recuerdo.

Cuando el cuaderno regresó esa tarde a nuestras manos, empezamos a leer las respuestas y a platicar de qué significaba hacer el amor, Verónica dijo que era cuando una se hacía mujer pero no quiso explicar nada más. A mí se me grabo esa frase el resto del día.

Al llegar a casa (como siempre sólo estaba mi abuela en la entrada) entré sin avisar que había llegado, el resto de la casa estaba a oscuras así que caminaba despacio para no tropezar, al cruzar el pasillo él salió de su cuarto provocándome un sobresalto, se río y me introdujo a su cuarto. ¿Te asusté? –decía mientras me abrazaba fuerte. Sí, me asustaste mucho tío, ¿puedes explicarme algo? ¿Qué significa la frase hacerse mujer?

Abruptamente me soltó, se sentó en la cama y me colocó de pie en medio de sus piernas. -¿Por qué lo preguntas, dónde lo escuchaste o quién te lo dijo? –Nadie, sólo fueron pláticas en la escuela. -¿Y qué más escuchaste? –Que hacer el amor significa hacerse mujer, pero no entiendo que significa hacerse mujer y entonces no sé qué es hacer el amor. Hubo un silencio prolongado. Acercó su cabeza a mi vientre y me abrazó las caderas, casi murmurando dijo: “yo puedo mostrarte, ¿quieres que te enseñe cómo hacerte mujer?” –nnnoo sé. –Tranquila, no te voy a lastimar sólo quiero sentirte un poco.

…me es difícil evocar este recuerdo. Su cuarto estaba completamente oscuro, no obstante un rayo de luna se filtraba por la ventana que estaba justo frente a la cama. El empezó a acariciar mis nalgas. Yo me quedé muda. Repetía constantemente que no me haría daño. Levantó mi blusa y se detuvo a besar mis labios, luego se puso de pie y se desnudo por completo. Yo no podía ver su cuerpo debido a la oscuridad. Me sentó en la cama y colocó ambas manos mías sobre su pene, yo no sabía qué hacer, estaba muda pero también tiesa, así que él movió mis manos sobre su miembro hacia arriba y hacia debajo de forma firme y regular.

Luego me bajo el pans. En ese momento le dije que tenía miedo y quería irme. Insistió en que no me haría daño, que solo quería sentirme un poco. Bajó mis pantaletas, abrió mis piernas y sentí el dolor más desgarrador que he vivido hasta el día de hoy (físicamente), al mismo tiempo apretó mi boca con su mano para que no se escuchara mi grito. Mientras más se movía, más dolor sentía acompañado de un calor quemante, ardía y no podía más que llorar desesperadamente.

Debí quedar inconsciente un rato, porque cuando desperté estaba recostada sobre la cama con mis pantaletas y mis pans en su sitio, mi tío a un lado desnudo y sentado sobre el borde de la cama, al ver que intentaba incorporarme sin lograrlo me extendió los brazos y casi en silencio preguntó si podía sentarme, aun sollozando le dije que sí pero me dolía mucho estar sentada.

-Hazlo despacio, el dolor se te pasará pronto. Ya eres una mujer. Y salió del cuarto. Yo me quedé llorando y al poco rato salí del cuarto caminando lento, pues el dolor entre mis piernas era intenso. Efectivamente algo había cambiado en mí, pero dudaba mucho que ese dolor significara que ahora era una mujer. ¿Acaso no lo había sido desde que nací?